Archivo del sitio

Los espejos y las máscaras


Escrito por Pablo

Salvo los Narcisos de este mundo- aquellos a quienes sólo les importa su persona y creen que es maravillosa- todos nos preguntamos alguna vez o incluso con frecuencia, qué clase de persona somos y si vamos un poco más allá tratamos de convencernos de que somos buenas personas. Hace a nuestra autoestima, a cómo nos vemos. No es lo que decimos ni hacemos es lo que íntimamente pensamos sobre nosotros, a través de  las consecuencias de nuestros actos e hitos que la vida nos propone y  donde interactuamos.

Para tratar de ser más claro, nadie es perfecto y todos cometemos errores. Sin embargo, no todos somos iguales. En esa imperfección inherente a la condición humana, queremos sentir que somos “buena gente”. Vamos por la vida, tomando decisiones, o dejando que otros las tomen por nosotros, interactuamos, nos peleamos, amamos, somos heridos y tantas cosas más. Para nuestra peripecia vital, normalmente tenemos justificaciones o razones que explican nuestra conducta y las consecuencias de nuestros actos. Finalmente en algún momento, podemos llegar a asumir algún error, que quizás allá un “pero” que lo atenúe o relativice. En otras palabras es común  que seamos indulgentes con nosotros mismos.  Sin embargo, con aciertos y errores, con logros y fracasos, entiendo que hay una línea divisoria por ahí, que hace a nuestra condición.

¿Qué clase de persona somos?

99% contestará que somos buenas personas, que “todos tenemos nuestras cosas pero…”. Sin embargo sabemos que todos no somos buenas personas. ¿Qué se entiende por buena persona? No corresponde una definición de diccionario. Es una condición que tiene un componente importante de subjetividad. Apelo al sentido común de los lectores. A lo que nuestro imaginario traiga en abstracto o con nombre y apellido como ejemplos. Hablo de valores, de virtudes, de códigos, de empatía, que adornan a algunos seres humanos y a otros no. Hablamos de un ser humano, es decir también con defectos. Pero mi punto, es cualitativo, se es o no buena gente. Fácil de decir, pero ¿cómo probarlo?

Si acordamos que tendemos a ser autoindulgentes , podemos concluír que no somos los mejores jueces de nosotros mismos en este tema, ¿quienes entonces? Mi respuesta que no pretende ser ni original ni científica es que la respuesta está en los otros. En quienes nos rodean, con quienes tratamos.

Nuestro entorno familiar, social y laboral. No es una respuesta verbal a una pregunta concreta. Esa devolución, es similar a la del espejo, pero mucho más compleja. Nos devuelve nuestra imagen, pero si se me permite, es una imagen dinámica que se construye en el tiempo, como un cuadro que al pintor le lleva mucho terminarlo. En algún caso toda la vida. Todos  contribuyen a este cuadro, todos son parte del espejo. Las personas con quienes vivimos y nos relacionamos, dan pinceladas al cuadro. Siguiendo con la imagen pictórica, este cuadro es abstracto. Todos lo verán diferente o no igual, pero lo que importa es como uno mismo lo vea, porque se trata de tu retrato.

Nuestros amigos y afectos, quienes importan realmente, hacen al corazón y esencia de este retrato o espejo a muchas manos. Dicho de otro modo, no todos ponderan igual porque el derecho que tenemos es a elegir como ponderan y quienes en el armado de esta imagen de uno.

Saliendo de la metáfora, los “otros” no uno, nos dicen como somos. De mil maneras, cada día, en lo cotidiano y en las difíciles paradas de la vida. En las alegrías y en los errores mayúsculos que todos cometemos alguna vez. Con sus presencias y ausencias, con gestos y palabras. Se trata de verlos, leerlos, aprovecharlos.

Muchos refranes y proverbios populares recogen esta idea, “todo vuelve”, “uno recoge lo que siembra” Ese es el concepto simple del espejo vital en el cual se reflejan nuestra ser, nuestra vida: en los otros. Yendo un poco más allá, es la incidencia recíproca en nuestros otros importantes, lo que le dan sentido a la vida.

Los espejos y las máscaras - Por Gabriel

Para complicarla un poco más,  es frecuente que no nos mostremos como somos ante los “espejos”. Utilizamos lo que en psicología se definen como máscaras. Por ello a veces los espejos no reflejan quienes somos realmente sino a uno con su(s) máscara(s). La máscara como metáfora del disfraz, del disimulo, de pose vinculada a la personalidad, pensamientos y valores que parece que tenemos, pero que esconde nuestro verdadero yo.  No tiene porqué ser deliberado ¿Por qué lo hacemos? Por inseguridad, timidez, defensa, manipulación y/o varios etc. posibles.  No somos conscientes-en la mayoría de los casos- de que nos refugiamos detrás de una personalidad o actitud que ofician de máscara, que por lo tanto es reflejada en los otros, nuestros espejos.

Nos sorprende e incluso nos duele cuando comprobamos que nos devuelven una imagen en la que no nos reconocemos.

Es para aquellos que constituyen el corazón de armado de nuestro espejo, nuestro “cuadro”, como ya dijimos, nuestros afectos y amigos cercanos, quienes tienen la  responsabilidad de devolver nuestra imagen real, de quien realmente somos, que persona somos, sin máscaras. Para bien o para mal.

En cualquier momento pero seguramente en momentos de crisis o balances, pasamos raya y decidimos armar este mosaico de espejos con piezas grandes y pequeñas, pero que todas juntas nos reflejan. Es una decisión valiente y temeraria mirar al espejo. Es una mirada a los otros pero a la vez es un esfuerzo de introspección. Eso somos. Esta intrepidez tiene la compensación de que podemos intentar mejorar la imagen, es decir mejorar uno-a diferencia de los espejos reales- si no nos gusta lo que vemos. Depende en buena medida de uno mismo ser mejor persona.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d personas les gusta esto: